Fueron un total de ocho contendientes, de dos por cada bando, en total cuatro facciones. El mapa escogido, como ya se ha dicho, fue el de fortalezas y la civilización común a todos los participantes fue los godos. ¿Cuál es el resultado de tal elección? Pues simplemente, es la única manera que los godos dispongan de murallas. Como se sabe, ellos no pueden las pueden construir. Era una manera de generar igualdad entre todos los participantes. Otra alternativa hubiese sido que todos los participantes siguieran siendo godos y el mapa, cualquier otro. Sin embargo, la combinación de que todos los contendientes sean godos, y cuenten con murallas, parecía interesante.
Con cuatro equipos en lucha, la visibilidad de la totalidad del mapa era inferior a la que se tuvo en la otra partida.
Se había empezado a explotar los recursos cercanos, crear más aldeanos con los alimentos obtenidos; con la madera, edificios; con la piedra, castillos, cuando repentinamente, Rey Leovigildo (naranja), mi aliado, que estaba cerca fue rápidamente eliminado de la partida, dejando a Valmont con la responsabilidad de superar todos los obstáculos posibles para llegar al final de la partida.
Para Valmont fue realmente difícil soportar el vendaval del enemigo. No dejaban respirar. Primero venía uno, era vencido; luego otro, el mismo resultado; un tercero, igual. No obstante el resultado había un detalle: cada vez se iban a la tumba un número determinado de soldados y debían ser reemplazados por nuevas unidades. También, se iban derribando un castillo, una torre, un cuartel, o dejaban un hueco en la muralla que era imposible de reemplazar con uno nueva. Así, poco a poco, iban minando la capacidad de responder al ataque. Los recursos no se reponían a un ritmo mayor, o por lo menos casi similar, a la manera como fluían hacia su propia pérdida.
Lo dificil fue sobrellevar el cansancio de seguir luchando y sólo ver hombres caídos. Entonces, se llega a descuidar muchas cosas. Ya no se levantan nuevos castillos, tampoco se restituyen los edificios caídos y si el enemigo llega, la tiene más fácil. Recuerdo hombres de todos los bandos ingresando “como Pedro en casa” por los huecos de las murallas y haciendo de las suyas. Acribillaban aldeanos, mataban monjes, destruían casas. Con lo cual el límite poblacional disminuye.
La situación de los godos rojos llegó a su fondo. No había más que un par de castillos para defenderse, ni edificios militares de producción de unidades militares. Lo peor de todo, lo que hacía temer el fin de la partida, fue que las reservas de alimento cayeron hasta cerca de las 600 unidades. Los únicos aldeanos sobrevivientes eran útiles para defender el último castillo rodeado de edificios en llamas, junto a unos arqueros a caballo que hacían lo posible para no sucumbir. Con lo poco que hubo, en ese breve respiro dado por el enemigo, se levantaron edificios militares, pues aún había madera; y se crearon los últimos caballeros posibles.
Entonces, recordando viejos asaltos a ciudades conquistadas en el pasado, Valmont llevó a la práctica una costumbre muy vista en el enemigo: tener extensos campos dedicados a la agricultura. Luego, los aldeanos dejaron la ciudad, tácticamente, a merced del enemigo, como tierra de nadie, y se retiraron al extremo más septentrional del mapa para usarlo como campo agrícola. Poco a poco se fue ganando una cifra mayor en la recolección de alimentos y cada vez era usada en crear nuevos aldeanos que se dedicasen al agro. A mayor número de gente trabajando, se originaba mayor ingreso de alimentos.
Conforme haber alcanzado un punto más crítico, los godos rojos comenzaron su resurgimiento. De modo inexplicable dicho punto crítico coincidió con una disminución de la intensidad ofensiva del enemigo.
Pero antes de caer en el punto crítico, un grupo de húsares fueron enviados a explorar el terreno enemigo más cercano. El equipo tres, conformado por Rey Eurico el Godo y Rey Alarico II (de ambos esté era el único sobreviviente) presentaba una forma de ir alejando al enemigo de la ciudad de los godos rojos, al mismo tiempo que se iba expandiendo el área libre alrededor de la ciudad de Valmont. Es muy diferente tener enclaves apartados, separados y poco consistentes. Son más fáciles de perder. Es mejor ir ganado el área cercana a fin de que éstas sean una forma de extensión territorial.
Entonces se dio inicio a la contraofensiva. Rey Alarico II no supuso mucha resistencia. Lo único con que se encontraron los godos rojos fue con un grupo de leñadores y luego con una ciudad fantasma, tan sólo pocas torres que podían defenderla. La invasión sólo fue provista de un puñado de huscarles, eficaces ante los edificios, quienes barrieron la ciudad tan sólo dejándola con murallas y puertas derruidas para facilitar el paso.
Lo siguiente en relatar es algo inesperado. Los otros equipos se enfrentaban entre sí; pero lo que no se sabía era cómo iban dichos enfrentamientos; ni tampoco el nivel de su propio desarrollo. Un par de cañones de asedio se aproximaban a la ciudad de los godos rojos. Tal minúscula ofensiva fue detenida por un pequeño grupo de huscarles. A los pocos segundos, Teias el Godo se declaraba perdedor. Un rival menos. Luego de explorar su cuidad, la hallaron vacía.
Con sólo tres rivales restantes, la situación más calmada, los godos rojos comenzaron a reconstruir su ciudad. Primero apagar los incendios. Luego el centro urbano y los castillos, finalmente reparar las murallas dañadas y cubrir las aberturas con empalizada. En verdad hubo trechos donde la cobertura con madera fue excesiva pero necesaria. Todo había sido derribado el enemigo.
Los aldeanos fueron enviados a determinadas tareas, fue creado un ejército más estable. Con los esporádicos ataques y los altos recursos, se pudo reemplazar a los caídos inmediatamente. Se emprendió una ofensiva definitiva. Hasta el momento la expansión se venía desarrollando en un giro horario desde el noreste hacia el sureste. De tal manera, sólo quedaron vigentes las ciudades que ocupaban el extremo sur del mapa. Eran tres, dos formaban un equipo, Teodorico el Godo y Rey Walia y el solitario era Rey Leovigildo. Valmont optó por atacar la ciudad del centro. El plan era dejar a dos ciudades sin su respectivo aliado, además, de antagónicas entre sí. Una forma de aplicar la máxima “divide y vencerás”.
Quien sufrió dicho plan fue Rey Walia, ubicado al centro de los tres. Barrida su ciudad, fue utilizada como campamento para preparar las ofensivas hacia las ciudades de Teodorico el Godo y Rey Leovigildo. Los godos rojos dejaron para el final talvez al más memorable de todos los godos, pues había sido una fuente de dolores de cabeza. Incluso cuando los godos rojos atacaban al Rey Walia, no se decidió a defender a su aliado, sino más bien, emprendió ofensivas suicidas, que lo dejaron sin más defensas que sus castillos y torres, pero puso, por un momento, en peligro la ciudad de los godos rojos.
Luego de vencer al Rey Walia, los godos rojos se tomaron un descanso antes de dirigirse a la ciudad del Rey Leovigildo. Ya se contaba con espías; el mapa, revelado. Los dos últimos rivales contaban con reliquias. Una combinación de unidades, caballeros y huscarles, emprendieron esa conquista, bajo la amenaza de flechas. Cayeron unos; sobrevivieron otros. No hubo mucha resistencia militar. Lo más difícil fue rescatar la reliquia ya que el monasterio, que debió ser destruido, estuvo rodeado de torres. Un monje necesitaba de seguridad y comodidad para recoger la reliquia y llevarla a su monasterio. Con esa sumaron 4 en posesión de los godos rojos. La producción de oro no cesaba.
Cuando se emprendió la ofensiva final, Teodorico el Godo no tuvo mucho con qué defenderse, salvo escasas intervenciones de unidades que peleaban por el honor. Lo que sí hacía difícil llegar al corazón de su ciudad fue la excesiva cantidad de torres y castillos por doquier. En este tramo jugó un papel fundamental la artillería. Los cañones de asedio fueron abriendo camino a los godos rojos. Incluso, no sólo se dedicaron a destruir edificios defensivos, sino también, a dar en el blanco de valientes aldeanos dispuestos a reponer una torre u otro edificio que había sido derribado, antes de sucumbir.
Sintetizando, fue una partida difícil, se pasó de la derrota inminente a la victoria total gracias a la decisión de colocar más aldeanos dedicados al agro. Con ello la alicaída economía mejoró y permitió el resurgimiento. La posición fue ideal: los campos agrícolas fueron ubicados al norte de la ciudad, el enemigo estuvo entretenido con destruir la ciudad; mientras al norte se gestaban los recursos para sostener la contraofensiva. También hubo un poco de suerte. El momento del declive de los godos rojos fue, en general, un declive compartido por todos; pero bien aprovechado por los godos de Valmont. De lo contrario no hubiese habido victoria.
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