miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cruzada. Un pequeño análisis

Debido al tiempo transcurrido —desde su estreno hasta hoy— ya debe haber literatura crítica de cine muy desarrollada sobre la película. Entonces, evitando caer en un círculo vicioso, mi pretensión es encontrarle algún punto, visto desde cierto ángulo, que termine por ser original y novedoso. Es por ello que termino haciendo esta suerte de ensayo o apreciación crítica centrada en uno o dos temas. Por otro lado, estudiar la película globalmente seria un proyecto que tomaría años y el formato del blog no permite algo tan extenso.


Una propuesta de tolerancia multicultural

Cruzada aborda los últimos años del Reino de Jerusalén. Ha transcurrido más o menos un siglo desde la conquista de Tierra Santa por los cruzados europeos; los cuales, a partir de la prédica de los papas Gregorio VII y Urbano II, tomaron las armas contra los musulmanes. Con ello establecieron lo que se conoce como los reinos y principados cruzados de Oriente Próximo.

En aquellos años de cruzadas Jerusalén es vista casi de la misma manera como en el siglo XVI empezó a ser visto el Nuevo Mundo. Tierra Santa es un lugar para conseguir fortuna, aquella que resulta esquiva en Europa; aunque a diferencia del imaginario que se tuvo sobre el continente descubierto por Cristóbal Colón, se dice de Jerusalén que es un lugar para conseguir la salvación espiritual. Acudir a la cruzada es el medio para alcanzar el cielo. Allí no vale más lo que tiene un hombre por haber nacido, sino por lo que ha logrado en la vida. Resulta siendo muy contrario a los estamentos feudales de la Edad Media y se aproxima más a un ideal de igualdad entre todos más propio de la vida en un mundo democrático.

La toma de Tierra Santa trajo como consecuencia que miles de musulmanes murieran a manos de guerreros cristianos. Cien años después, la situación es diferente. Musulmanes, judíos y cristianos tratan de convivir pacíficamente en Jerusalén, que no es sólo su morada y suelo natal, sino también como un lugar religioso común a las tres religiones anteriormente mencionadas. Cada cual la mira desde una posición distinta. Para los musulmanes es la tierra de unos de los profetas islamitas, Jesucristo; para los cristianos, la tierra donde nació y ofreció su sacrificio el Hijo de Dios y, finalmente, para los judíos es la Tierra Prometida, aquella a la que arribaron luego de andar por el desierto tras salir de Egipto. Un mundo en el que confluyen tres religiones, tres razas y tres culturas.

Saladino, el rey sarraceno, y Balduino, el rey cristiano (conocido también como el Rey Leproso), hacen esfuerzos para que musulmanes, judíos y cristianos coexistan pacíficamente en Jerusalén y alrededores. Para dicha tarea, el Rey de Jerusalén se apoya en el padre de Balian, y posteriormente el encargado de dicha labor será en propio Balian, quien va a Tierra Santa como un peregrino, para aliviar las penurias que sufre en el mundo, aquellas que sufre su esposa en la muerte tras su suicidio y también la búsqueda de la utopía en la Tierra Santa. Con esas circunstancias y su pensamiento insignia (“qué clase de hombre es aquel que no quiere cambiar el mundo”) en Balian va a surgir un afán por ser un caballero perfecto e ideal en Tierra Santa. Ese afán es una promesa al padre que muere, ya que en la ceremonia de iniciación como caballero éste le pide lo mejor que un caballero pueda darle a débiles y desamparados.

Sin embargo, los caballeros templarios y los fanáticos religiosos de toda Europa, son quienes se muestran como antagonistas al proyecto de coexistencia pacífica. Reinaldo de Chatillon, personaje histórico, es un guerrero templario que se manifiesta con una mayor animadversión hacia los judíos, musulmanes y los cristianos de un rango social inferior al suyo. Junto a él se encuentra Guy de Lusignan, futuro rey de Jerusalén, derecho que obtendrá gracias al matrimonio con la hermana del Rey Leproso. Estos dos son los líderes templarios que, cuando pueden, organizan asaltos organizados a caravanas de comerciantes y otros musulmanes.

Ambos templarios hacen gala de un ímpetu guerrero desaforado. Dicen que es voluntad de Dios matar musulmanes. En ellos, hay un placer por matar infieles. Una frase, dicha despectivamente por Reynaldo de Chatillon, resume muy bien sus ideas: “ese hombre es un sarraceno”, que pronuncia cuando es acusado ante Tiberias, comisario de Jerusalén, por atacar a un grupo de musulmanes y con eso quería dar por sentado que es el testimonio de un hombre inferior o un enemigo del cristianismo. Por su parte, Guy de Lusignan no ve con buenos ojos a Balian ni a su padre. Lo considera un traidor al cristianismo ya que trabajaba junto al rey de Jerusalén por un mundo de tolerancia entre razas y religiones, lo que implica la aceptación del otro que —para los templarios— es diferente e inferior.

Para los cruzados, hay diferencias insalvables entre los seres humanos en cuestión estamentos sociales y credos religiosos. En Balian se encuentran ambas cuestiones: es un hijo bastardo del Barón de Íbelin y también es hijo de un hombre que manifiesta tolerancia hacia otros credos. Guy de Lusignan le tendrá, en todo momento, un odio especial y nada gratuito; aunque, inusitadamente, en dicho odio no se encuentre incluido los amores entre Balian y Sybilla. Ella, más bien, tiene un sentido utilitario: es la llave al trono de Jerusalén una vez muerto el rey.

Son los guerreros cruzados, quienes van a traer abajo este proyecto de convivencia armónica entre la gente de los tres credos. Con la muerte del rey leproso y el ascenso de Guy de Lusignan como nuevo monarca, la política del Reino de Jerusalén cambiaría respecto al enemigo sarraceno. De inmediato emprenden una campaña militar que acaba desastrosamente en su primera batalla.

Posteriormente a la heroica y épica defensa de Jerusalén, comandada por Balian de Íbelin, los cristianos logran conseguir un trato beneficioso: pueden retornar a tierras cristianas sin ser víctimas de los musulmanes, muy a diferencia de la conquista de Jerusalén en la que no quedó vivo un solo musulmán. El supuesto antagonista, el otro, es quien termina dando una lección en todos los planos. Saladino es un hombre con los pies en la tierra. Los templarios creían que sólo basta tener la cruz para vencer a los enemigos de la Fe; Saladino, por su parte, fijaba atención en las tácticas militares y que que todo dependía de su ingenio y esfuerzo. Por otro lado, una escena casi al final del film es muy precisa. Saladino se encuentra en un palacio con una cruz cristiana derribada sobre el suelo. Ni la patea ni la ningunea. Respetuosamente la pone de pie como señal de respeto hacia la otra religión; pero en el final de la película se ve que sobre la cima de una construcción se coloca el símbolo de la religión musulmana. En Tierra Santa la media luna ha triunfado sobre la cruz; pero queda establecido que sea un lugar de culto común a las tres religiones que reclaman como suya a la ciudad de Jerusalén. Ha cumplido con el proyecto compartido con el Rey Leproso, a quien admiraba mucho; pero esta vez es bajo el dominio musulmán y no bajo el gobierno cristiano de Jerusalén.

Lo que consigue Balian —con la resistencia heroica de Jerusalén— es convencerse y convencer a los suyos de que el Reino de los Cielos es de conciencia y no una cosa territorial sobre la cual se derrame sangre de inocente tras inocente. Él propone un cristianismo espiritual. Ya han perdido Tierra Santa. No les queda más que llevar la fe en la mente y el corazón. Al fin de cuentas esta propuesta resulta más pacífica y tolerante, muy ajena por cierto a las creencias de fanáticos religiosos como los templarios.

Unas palabras más antes de concluir. Es cierto que toda producción cultural está determinada por el contexto histórico en la cual es hecha. Por ello hay que preguntarse ¿a qué público apunta el mensaje del film? Precisamente a nosotros, gente del siglo XXI, nuestro mundo y su bagaje más que milenario de guerras, odios raciales y religiosos, junto a campañas de limpieza étnica a lo largo y ancho del globo terráqueo, que no ha traído más que muertes y sufrimientos. Los interpelados somos nosotros.

Hoy en día se vive la globalización y las distancias geográficas se han hecho cortas o casi nulas y el acercamiento entre gentes diferentes es más recurrente. Escoger a la Jerusalén de la época de las cruzadas no es un hecho fortuito. El retrato que se ha hecho de ella en Cruzada es un mensaje para nuestro tiempo: un ejemplo para el tiempo actual y los años venideros. Ya no se trataría de una ciudad, sino de una utopía que proyecta a extenderse hacia el mundo entero.

El fundamento base de la propuesta no es otro sino el ideal que subyace a los credos religiosos tales como el cristianismo, islamismo y judaísmo, el amor, que en este caso alude al amor hacia el prójimo. A partir de él nace la tolerancia. Una vez obtenida esa tolerancia, el siguiente paso que cae por su peso: la convivencia pacífica. La tolerancia permite —en el llamado Reino de los Cielos— la convivencia compartida de las tres religiones mencionadas sin el ánimo, de ninguno de sus fieles, de convertir, hacer abjurar de su fe al otro o, como el caso de los templarios, organizar guerras santas que concluyan en orgías de sangre. Una proyección del pasado hacia el presente para exigirnos la realización de una tarea pendiente.

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